motivaciones, significado

Un raspón y un corazón

De pequeña me encantaba explorar todo lo que estaba a mi alrededor, correr y disfrutar de la vida lo más rápido que podía para no perderme ni un segundo de la diversión, por eso con frecuencia mis aventuras terminaban con una caída en el suelo o colgada a punto de caer de la rama de algún árbol. Ese comportamiento acelerado y poco meditado me dejaron muchos recuerdos, mis rodillas y codos todavía tienen las marcas de mis andanzas infantiles. En ese tiempo no había nada que pudiera contener mi impulsividad, mis ganas de vivir y de descubrir lo que todavía a mi corta edad era desconocido para mí. Tuve la dicha de crecer en el campo, así que tenía a mi disposición muchos territorios para inspeccionar, por supuesto, desde el punto de vista de una niña con gran imaginación, cualquier pedazo de tierra era un universo completo. En estas exploraciones descubrí que habían muchas cosas por aprender y todavía muchas más por hacer y yo no quería perderme de ninguna. Ir siempre a la rama más alta, ser la primera en llegar o la que intentaba saltar el obstáculo más difícil, eran mis juegos favoritos, aunque eso implicaba muchas caídas y raspones en el intento. A todo esto tenía que sumarle que de niña tuve un problema en mis rodillas por lo que necesitaba utilizar unos aparatos especiales para enderezarlas. Al mejor estilo de Forrest Gump disfruté de mis aventuras infantiles, sin miedo a las caídas o al dolor de la herida del raspón, había algo dentro de mí que me impulsaba a tomar el riesgo, a intentar y seguir hasta lograrlo. El raspón era lo de menos, pensaba que el cuerpo se encargaría de sanarlo, pero no quería que nadie me contara lo que yo habría dejado de vivir por miedo a intentarlo.

Después de muchos años, hace unas semanas volví a encontrarme con un raspón en mi vida. Esta vez no fue en mis rodillas, fue un evento de torpeza y al que muchos podrían ver sin ninguna importancia, sin embargo, para mí fue significativo porque me ayudó a ubicarme en la perspectiva correcta y a meditar en lo valioso de la vida. Hace unos días cuando traía de vuelta a mi hijo a la casa, por impulsiva, característica que hasta el día de hoy me acompaña desde que era una niña, no medí bien el espacio en una calle angosta y el espejo de mi carro sufrió múltiples raspones. Pasamos bien, solo sentimos un pequeño golpecito que en ese momento asumí no era nada porque el espejo se retrajo y creí que eso fue suficiente para librarse del raspón. Nadie sufrió heridas, en realidad no pasó nada. Cuando llegué a la casa fue que descubrí que el espejo de mi carro que tanto cuido, estaba todo raspado. En ese momento me enojé conmigo pues por impaciente pasé aunque no había suficiente espacio, pero también sabía que el carro no sanaría ese raspón y que me tocaría llevarlo a un taller a reparar. Eso para mí era como tener una mosca en la sopa, era algo que no lo vi venir, entonces empecé a pensar en los si hubiera: si hubiera esperado, si hubiera dado la vuelta, si yo hubiera retraído el espejo y muchos más hubiera que ahora no sirven de nada. Esa noche no quise pensar más en lo sucedido porque de verdad me estaba afectando. Fue hasta la mañana siguiente que tuve un momento de lucidez, en mi mente se abrió una ventana de reflexión que me dejó una gran lección. Hay situaciones en la vida que parecen inofensivas pero que en realidad nos exponen a fuertes raspones que necesitaran de atención especializada para ser restauradas.

Lo que me había sucedido la tarde anterior ahora lo entiendo como una analogía de lo que todos vivimos a diario. Probablemente conforme crecemos y maduramos, somos más cuidadosos con lo que hacemos para no recibir ninguna herida en el cuerpo, pero lo que he podido observar es que los raspones del corazón son quizás mucho más profundos y complejos de sanar que una herida en la piel. Las heridas del corazón nos toman por sorpresa, ocurren en el momento menos esperado, tal cual me sucedió a mí al querer pasar por una calle demasiada angosta. Los raspones del corazón nos perturban porque nunca los vemos venir de frente, son riesgos que tomamos a diario, con el convencimiento de que todo estará bien. Algunos somos muy estrictos con nosotros cuando nos equivocamos, incluso somos mucho más rigurosos con los otros y les exigimos lo que tal vez nosotros no estamos dispuestos a dar. En ambos casos, no somos conscientes de las marcas que podemos estar provocándonos a nosotros o a otros en el corazón. El desconocimiento, la indiferencia y extrema rigidez es lo que de alguna forma tiene al mundo patas para arriba. Al madurar deberíamos estar más atentos a las heridas que podemos causar en los corazones, no porque las del cuerpo no sean importantes, sino porque nos puede suceder lo que me pasó a mí, que andamos por las calles sin enterarnos que hay algo en nosotros que sanar. Después de un evento de vulnerabilidad, a la que exponemos nuestra fragilidad, puede ser que cada uno siga a su casa pensando que nada a sucedido, cuando en realidad cada uno lleva las marcas escondidas o por lo menos no visibles para el otro. El espejo del carro sigue funcionando porque el golpe no fue tan fuerte, pero hay otros golpes que generan raspones tan profundos que rompen nuestra esencia y nos incapacitan para seguir como personas funcionales y productivas en la sociedad. Son golpes que no solo nos marcan sino que nos inhabilitan para actuar en amor, lo que termina desconectándonos de los demás, amargándonos y quitándole el sabor a vida que tiene la vida.

Nunca es tarde para restaurar lo que se raspó, nunca es tarde para cuidar el corazón. ¿Tu corazón ha sido herido y aun no está sano? Detente a pensar y respóndete con sinceridad esa pregunta, porque nadie tiene tanta responsabilidad sobre nuestro corazón como nosotros mismos. Cada uno tiene el deber de cuidar su corazón porque la vida depende de su estado de salud no solo la del corazón del cuerpo, sino quizás mucho más de la salud del corazón del alma. No es tiempo para pensar en los hubiera, no es tiempo de culpar a la calle angosta, a la falta de espacio o la impaciencia. De lo que sí es tiempo es de cuidar tu herida, desinfectándola aunque duela. No la escondas, quizás si la muestras a personas de tu confianza que han restaurado heridas como las tuyas, puedan impulsarte a sanar también. Una vez que la infección llamada amargura es eliminada, el raspón con el tiempo se convertirá en cicatriz y podrás recordar con agradecimiento lo que aprendiste de la lección de la calle angosta.

Pasa la página, no te culpes, no culpes a otros, restaura tu vida restaurando tu corazón. Perdónate, perdona, suelta y deja ir lo que te causa daño retener y, entonces sí, tal como lo hizo Forrest Gump sal al mundo, corre libre, a la velocidad que puedas o quieras pero no dejes de admirar los maravillosos escenarios que la vida te va regalando.

 ¡Tu puedes hacerlo!

Por Kenia Salas

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