autoestima, crecimiento, motivaciones, significado

No quiero ser flaca, quiero ser fuerte

Ser flaco o ser gordo, ¡cuánto se habla por todas partes de este tema! Y es que ser flaco o por lo menos no tener sobrepeso, no es solo una cuestión de salud, se ha convertido también en un paradigma estético en este mundo postmoderno, en el que el culto al cuerpo, apunta a la delgadez e intenta masificarnos, tratando de meternos a todos en un mismo cajón. No digo con esto, que ocuparnos del peso de nuestro cuerpo está mal, todo lo contrario, es un acto de amor propio y una expresión de agradecimiento a Dios por el regalo de la vida. Sin embargo, debemos reconocer que todas las personas somos distintas, no hay dos cuerpos iguales. Así como tu mente y la mía no responden de la misma manera ante situaciones similares, nuestro cuerpo tampoco responde exactamente igual que otro ante los mismos estímulos. Comprender nuestra singularidad, nos ayuda a enfocarnos, a plantear metas realistas y a ser comprensivos con nosotros mismos, pero sobre todo nos abre la perspectiva de que no solo somos cuerpo, sino mente y espíritu, y precisamente en esta esencia compuesta por tres partes, es que nuestra particularidad se hace aun más evidente. Mi interés para escribir sobre este tema va más allá de si somos flacos o no, más bien yo quisiera abrir la discusión para reflexionar de las intenciones, las motivaciones y prioridades de lo que es fundamental y trascendental.

Tengo tantas historias que contar al respecto de ser flaca, ese ha sido un tema recurrente en mi vida. Conozco bien lo que se siente cuando otros esperan de ti algo que no puedes dar, simplemente porque en tu singularidad, todo lo que eres hace que no puedas responder igual que los demás, por eso no encajas con lo que se supone tienes que ser. Yo no fui una niña con sobrepeso, es más, nunca llegué a tener el peso que las tablas de crecimiento esperaban de mí, según la edad y la talla. Yo comía de todo, comía bastante y muy saludable, frutas, verduras, vegetales, carnes, todo eso que ya conocemos y aun así nunca engordé. Esto podría ser considerado para algunos como una gran bendición, pero lo cierto es, que en el tiempo que fui una niña, las mamás, las abuelitas, tías y cualquier hija de vecina, sobre todo en nuestros países latinoamericanos, consideraban que los niños sanos son los niños rellenitos. Yo de rellenita definitivamente no tenía nada, mi estatura estaba por encima de la talla promedio, pero mi peso iba siempre por debajo, así que en lugar de gorditos a mí se me veían los huesitos. Esto lo cuento con mucho cariño, porque mi delgadez no era un asunto para mí, me quise y acepté con mis huesitos saltaditos por todos lados. Practiqué deporte y desde muy pequeña fui muy buena en atletismo, además bailaba, saltaba y me movía por todas partes con una energía que pocos eran capaces de contener. Pero, porque la vida siempre nos sorprende con sus peros, hubo una temporada en la que me enfermé. Digo temporada porque no fue un único evento, fue una cosa detrás de la otra, y mi cuerpo parecía que no respondía a los medicamentos que el doctor me recetaba. En mi familia estaban muy preocupados, y lo estuvieron mucho más, cuando el doctor les dijo que mi sistema inmunológico se debilitó y que por eso mis defensas estaban muy bajas.

Allí empezó mi terror por las agujas, el doctor me mandó en inyecciones, todas las vitaminas que se pudo encontrar. Recuerdo como si fuera ayer que por un tiempo, sin falta cada viernes por la tarde llegaba a la casa una enfermera a inyectarme un líquido que, ¡no les puedo explicar lo que dolía cuando iba entrando por mi pierna! Fue un tiempo difícil, mi mamá se encargaba de que las instrucciones del doctor se siguieran al pie de la letra y, ¿adivinen qué?, una de esas instrucciones era subir de peso. Fue entonces cuando entró en acción el ejército de mujeres, de esas que yo llamo las mujeres de mi vida, de las que ya les he contado. Ellas trataron sin descanso de hacerme engordar. Las abuelitas, me daban comida hasta que me saliera por las orejas, todo con tortillas, -decían ellas-, porque las tortillas engordan. Para las tías, la receta oficial de engorde eran los atoles de avena, todas las noches con rigurosidad militar, me tenía que tomar uno, nunca me gustaron y hasta el día de hoy, con solo pensar en avena el estómago se me revuelve. Mi mamá apuntaba a los caldos extraños, esos de los que es que mejor no preguntar de qué son, simplemente tomarlos y ya. Y así, con lo que creían, con los recursos que cada una tenía a su alcance, ellas hicieron su contribución para este desafío de engorde. Ninguna de sus recetas dio resultado, seguí siendo la misma flaca y huesuda de siempre, pero agradezco inmensamente lo que cada una hizo por mí en ese tiempo, porque ahora puedo entender con claridad lo que en verdad hicieron. Aunque me querían engordar, porque eso fue la instrucción del doctor, ellas en el fondo de sus intenciones lo que buscaban era hacerme fuerte

¡No quiero se flaca, en realidad lo que quiero es ser fuerte! Yo se, una cosa no quita la otra, pero, ¿de qué sirve estar muy bien por fuera si por dentro somos débiles? Es nuestra responsabilidad cuidar nuestro cuerpo, alimentarnos bien, descansar y llevar una vida sana, esto es un trabajo que nadie hará por nosotros. Toda mi vida he cuidado mi cuerpo, pero con el paso de los años he comprendido la importancia de no descuidar mi mente y mi espíritu, eso también es mi responsabilidad. Nunca hubiera sido capaz de superar tantas dificultades si no hubiera cultivado mi fortaleza interna como una prioridad para mi vida. Hoy entiendo que mi flacura no determina lo fuerte que soy, aunque a la vista parezca débil, nadie puede ver por dentro las batallas que he logrado resistir. Nadie a simple vista puede ver cuánto ha crecido mi músculo interno, eso solo se ve cuando estamos delante de situaciones que parecen que nos van a derrumbar, pero más bien de allí salimos más fuertes. Lo que dejamos entrar a nuestra mente es en realidad lo que determina el éxito que tendremos en todos los demás aspectos de nuestra vida. Una mente sana, se mantiene alejada de pensamientos tóxicos, de pensamientos limitantes cargados de los “no puedo”, porque todo ocurre primero en nuestra mente. ¿Tienes alguna idea que quieres desarrollar?, ¿quieres comenzar un nuevo proyecto?, ¿estás pasando una temporada difícil?, ¿quieres de una vez por todas mejorar tu condición física? ¡Muy bien, adelante, tú puedes hacerlo!, pero lo verás cumplido solo si te ocupas primero de tu fortaleza interna, es decir, lo primero que necesitas es creer que lo puedes hacer, si en tu mente no lo ves realizado, entonces nunca lo verás con tus ojos. Nadie que comienza una carrera pensando que no llegará a la meta podrá hacerlo. En el camino hay muchos obstáculos, habrá muchos desafíos que enfrentar, pero eso es parte de la vida. Solo los que son fuertes por dentro son los que tienen la disciplina, la determinación para seguir adelante hacia la meta y levantarse de nuevo, así se hayan caído mil veces

Ser fuerte, no es tener un determinado peso, ser fuerte no es tener músculos físicos desarrollados, ser fuerte es tener la capacidad de ver las cosas que aun no son como si ya fueran, es nunca dejar de soñar, es creer y trabajar por alcanzar lo que esperas sin dejarte vencer.  

¡Ocúpate por ser fuerte!

Por Kenia Salas

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