autoestima, crecimiento, valiente

Valiente hasta los dientes

Valiente, nunca le puse mucha atención a esta palabra hasta hace unos pocos meses. Había escuchado de ella desde que era una niña, pues es una palabra común en los libros de cuentos infantiles de princesas que se enamoran de príncipes valientes, que entran de repente a escena para rescatarlas, pero yo nunca le di importancia a esas historias. Sin embargo, la palabra valiente de un tiempo para acá, resuena en mi cabeza como la sinfonía más hermosa pero además desafiante que jamás escuché. Ser valiente para mí, es un reto, es una dicotomía, porque es como tener un pie en el paraíso de la libertad y el otro, en el lugar más aterrador que pueda imaginar. Valiente es lo opuesto a cobarde, y no es porque un valiente jamás siente miedo, sino más bien porque a pesar de sus miedos, el valiente se levanta para luchar contra ellos, eso es algo que no hacen los cobardes. Existen los miedos ficticios, esos que uno se imagina en sus pensamientos, pero también están los reales, los que te alertan del peligro, los que te ayudan a escapar de la muerte, no solo física sino también emocional y hasta espiritual, de esos miedos son lo que quiero hablar.

Es imposible hablar de valientes sin hablar de miedo, porque la valentía es algo que se demuestra con hechos no con palabras. Creerse valiente es fácil si no has tenido que enfrentar un duelo cara a cara con los miedos que te atormentan. Por esto es que aquel que ha sentido el miedo aterrador que enfría la sangre, que paraliza el cuerpo y que obstaculiza la respiración, tiene frente a él no solo un sistema de alerta que se activa para que haga algo para salvar su vida, sino también la oportunidad de dejar salir el valiente que vive dentro de él. Haciendo repaso de mi historia de vida, he podido encontrar al menos tres eventos que me han dejado paralizada por completo, tres momentos que me dejaron tendida en el suelo desde donde fue muy difícil volver a levantarme, pero hoy puedo reconocer a Dios, su gran amor y su fuerza ayudándome todo ese tiempo. Estos eventos, aunque me hicieron temblar como un conejo, me produjeron mucho dolor, también marcaron mi vida para siempre. Logré salir de allí gracias a Dios y al carácter que me llevó a ser valiente para de enfrentarme al dolor y permitirme entrar en procesos saludables que contribuyeron a poder pasar la página. Hoy esos miedos los llevo colgados en mi mente y en mi corazón como medallas de memorias de victorias recibidas, como cicatrices sanas de lo que fueron algún día heridas muy profundas. 

Hace cuatro meses volví a sentir un miedo aterrador a causa de una noticia que recibí, yo creía que este era el cuarto evento de terror al que me tendría que enfrentar en la vida, pero en realidad fue revivir el primer miedo que sentí cuando era pequeña y al nunca pude encarar. Me di cuenta de esto cuando la herida se abrió, cuando no importaba los años que hubieran pasado ese miedo era igual o mayor al que sentí hace décadas. Han sido cuatro meses de dolor, de abrir capítulos de mi vida que nunca más quería volver a leer, de largas horas de reflexión para decidir si enfrentaba al miedo que me angustia o le permitía seguir esclavizándome. Sí, de eso se trata ser valiente, de no permitir que el miedo te esclavice. El miedo puede tener muchos nombres, puede llamarse como una enfermedad, como una crisis financiera, como una ruptura amorosa, como una pérdida de muchas cosas o tener el nombre de una persona querida. Este es el miedo al que me enfrento hoy, darme cuenta cuánto odio siente y cuánto daño quiere hacerme, una persona tan cercana. En estos meses es cuando la palabra valiente ha adquirido un nuevo valor para mí, porque es más fácil no levantarse y seguir sintiendo lo que el abandono y la agresión provoca en la vida de una persona, a ser valiente para hacerle frente a los  miedos y trabajar para curar las heridas emocionales que continúan abiertas.

Me levanté, tomé fuerzas de donde no tenía y por primera vez en la vida le puse límites. Sí, los límites son buenos porque nos mantienen seguros y le indican a los otros hasta donde pueden llegar, dejan las reglas de juego muy claras de lo que permites o no permites que los otros te hagan a ti. Yo quiero levantar la voz por mí, una niña que fue agredida y por tantas y tantas personas que no han podido levantar la voz por miedo. Hay que ser valiente para que una persona víctima de violencia y agresión ponga un hasta aquí, hay que ser valiente para proteger a sus hijos, hay que ser valiente para denunciar. Precisamente justo en esta semana en la que tuve que ver mi miedo a los ojos frente a mí para decirle ¡basta!, en mi país las noticias se enlutaron por la muerte de dos niños inocentes, uno de tres años y otro de trece días de nacido, ambos víctimas de sus padres. Esto es una película de terror, estos niños murieron a causa del daño que le produjeron las personas que se supone más los aman y a los que le corresponden cuidarlos y protegerlos. Pero no esperemos a ver moretes y rasguños en el cuerpo para enterarnos de que algo no está bien, hay golpes que se llevan por dentro, en lo más profundo del corazón, desprecios, abandonos y palabras que agreden tanto como un golpe físico. Un puñetazo se ve en la piel, por eso otros te pueden creer, pero las palabras que destruyen el corazón, esas que se pronuncian cuando no hay testigos, eso pocos te lo van a creer. 

Hoy les abro mi corazón a los que están pasando por lo que yo he pasado, para que no se sientan solos, para darles una palabra de aliento y motivarlos a dejar salir su valiente. Muchos hombres, mujeres y niños, han sido y son víctimas de las circunstancias o personas en las que confiaban, y han quedado paralizados por un miedo tan horroroso que más bien parece la muerte. No importa cuánto tiempo lleves sintiendo ese miedo, nunca es tarde para ser valiente, para decir basta y poner límites claros que nos proporcionen seguridad. Definir los límites es importante, no puedes tomarlo a la ligera porque puede ser la diferencia entre la vida o la muerte. Los cuentos infantiles me hablaban de príncipes valientes que rescatan princesas, pero hoy se que soy yo la que tengo que hacer algo para salvarme del daño que provocan los miedos. ¡Yo soy la valiente! Cuídate, porque no puedes esperar que alguien más lo haga por ti y protege a los que como los niños, no pueden defenderse. Si estás al cuidado de personas indefensas, defiéndelas, tu eres su voz. Es tiempo de tomar acción, de levantarnos para vivir la libertad de no sentir miedo. Vence tus temores más intensos, solo así cortarás todo vínculo con lo que quiere mantenerte atado bajo su control. Por eso es que para mí la valentía es el preámbulo de la libertad. Si tus miedos ya no tienen poder sobre ti, los habrás vencido y podrás ser libre de verdad, podrás ver y vivir todo lo bueno que te espera más allá de tus miedos.

Yo quiero ser valiente, así me toque perder los dientes, quiero ser libre, no quiero ser la víctima que es controlada por los miedos que otros han provocado en mí. Quiero tener el control de mi vida, de ir y venir, de hacer o decir sin tener que volver a sentir la muerte tan cerca. Ahora entiendo que por más que Dios desee que yo sea libre, esto no ocurrirá si no hago mi parte: ser valiente. ¿Sabes que sentir miedo es exactamente lo opuesto a sentir amor? Lo único que vence el temor es el AMOR. Si no sabes por donde empezar, comienza por poner límites claros, ámate, no te conformes con miedos disfrazados de amor, busca el verdadero Amor.

¡Vive la libertad que te está esperando!

Por Kenia Salas

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