autoconocimiento, autoestima, crecimiento

Una difícil decisión: resignación o aceptación

Hace algunos años tuve que enfrentarme a la realidad de lo que estas dos palabras significaban en mi vida y tratar de gestionar emocionalmente y en la práctica, la decisión de escoger entre la resignación o la aceptación. Fue una tarde oscura en la que mi amiga me hizo caer en cuenta del por qué no lograba levantarme de mi tristeza. La razón tenía mucho que ver con mi imposibilidad de escoger cómo quería vivir el resto de mi vida, amargada y quejumbrosa, víctima de mis circunstancias o con los pies bien puestos sobre la tierra, aceptando lo que sucedió, pero tratando de sacar lo mejor de esa situación para seguir adelante con esperanza en la vida. Debo confesarles que antes de esta conversación nunca me había cuestionado el significado y la diferencia de estas palabras que parecen inofensivas, pero que en realidad son muy poderosas. Quiero contarte mi historia y si te sirven de algo mis palabras, ajústalas a la tuya, tómalas y aplícalas a tu vida. Con los años he entendido que cuando uno cuenta a otros por los que ha pasado y la manera de cómo logramos salir adelante, esto podría ahorrarle tiempo y dolor a los que se sientan como nos sentimos en aquellos tiempos. 

En contexto: Cuando mi esposo y yo tomamos la decisión de casarnos soñamos con tener al menos tres hijos, vivir en una casa llena de juguetes y risas. Entre nuestros hijos y los amigos de ellos, nos imaginábamos una casa repleta de chiquitos. Diseñar nuestra casa fue una experiencia única. Los dos somos arquitectos, trabajamos para hacer realidad los sueños de nuestros clientes, pero esta vez se trataba de nuestros sueños, de lo que teníamos en el corazón y eso definitivamente se vería reflejado en el diseño que con tanto amor trabajamos por meses. El resultado fue una casa apta para recibir a los niños que vendrían a ocuparla y con posibilidad de ampliaciones pues por cuestión de presupuesto, decidimos ir agrandándola tal y cómo se iría agrandando la familia. Muy pronto recibimos a nuestro primer hijo, una de las manifestaciones más grandes del amor de Dios para nosotros, una pelotita de amor hecho regalo. Dos años después de su nacimiento, nos preparábamos para recibir a sus hermanitos gemelos, llegarían en setiembre del 2009, pero en febrero de ese año sus corazones dejaron de latir. La noticia fue devastadora, muchas cosas pasaron y ahora que lo pienso bien, nunca me di la oportunidad de hacer el duelo. Volvimos a recibir noticias en mayo del 2010, esta vez el nuevo integrante de la familia estaría con nosotros en febrero del 2011, pero muy pronto esa alegría se esfumó, también perdimos a este bebé. 

Esa tarde: Así que allí estaba yo con mi amiga en febrero del 2014, aún hundida en esa tristeza de la cual no podía salir. Había consultado psicólogos, consejeros, médicos, pero estoy segura que lo único que me mantenía a flote desde el 2009 era saber que Dios me había cuidado de algo mucho peor y que nunca me dejaría. Sin embargo, me di cuenta que ya no vivía, solo sobrevivía, que la alegría se me estaba yendo de las manos y cada vez que tenía mis conversaciones internas, lo único que retumbaba en mi cabeza era: “todo esto no estaba en mis planes”. ¡Claro que no!, en mis planes estaba una casa llena de chiquitos, una vida llena de nacimientos y no de muertes. En mis planes estaba una cocina grande para recibir y darle de comer a mucha gente, mi plan era ser una mamá de muchos hijos, jamás ser la mujer que los perdía. Todos esos pensamientos hacían mucho ruido en mi cabeza y estaban consumiendo mi alegría. Esa tarde me di cuenta que me había resignado a vivir así, que ya me había acostumbrado a ser la víctima y que mientras siguiera con esos pensamientos no volvería a recuperar mi vida. Al enfrentarme a la realidad de estas dos palabras, me enojé, sí me enojé, porque no aceptaba que estaba viviendo bajo el ala peligrosa de la resignación y que debía tomar una decisión. No ha sido una tarea fácil, ni mucho menos algo que se logra de la noche a la mañana, por meses peleé conmigo para comprometerme a vivir bajo los parámetros de la aceptación y lograr seguir adelante con mi vida.  

El duelo: Desde el 2009, venía arrastrando una deuda conmigo misma: el duelo. La primera pérdida la tomé con tristeza, me encerré en mis sentimientos y no quise hablar de ella, luego llegó la segunda y esa sí me dejó derribada emocionalmente. Fue hasta muchos años después que me enfrenté al duelo, me di la oportunidad de experimentar cada una de sus etapas, vivirlas y superarlas. No digo que algunas veces no regresan para hacerme tambalear, pero aquí voy porque ahora reconozco que esta es parte fundamental del proceso de aceptar lo que me pasó y de retomar mi vida. Si estás pasando por algún tipo de pérdida busca ayuda, no lo pospongas mucho tiempo, hay profesionales que te acompañaran en cada una de las etapas del duelo. Vive cada una de ellas y avanza hacia la libertad emocional, no te juzgues, pero trata cada día de renovar tus pensamientos pues ellos son los que te permitirán avanzar a tu sanidad. Ante una pérdida podemos tener diferentes reacciones, es bueno que las conozcas para que puedas identificar en cuál etapa estás. Negación, ira, negociación, depresión, aceptación, ¿alguna de ellas te suena conocida?, esas son las etapas que experimentamos ante una pérdida.

Cambio de normalidad: Una de las cosas en las que más he trabajado en los años más recientes es en cambiar los parámetros de lo que yo consideraba normal. Quizás esta es mi forma de negociar con la situación, tal vez es lo que me acerca a la aceptación. Ahora puedo decir sin dolor, que estamos completos. Por años esperé a que mis otros hijos vinieran a ocupar las sillas que habíamos colocado en la mesa para ellos y que por diferentes razones no llegaron a usar, por años el dormitorio del próximo bebé estuvo listo para recibirlo, pero nunca se llenó de su olor, por años guardamos juguetes y ropa de mi primer hijo porque en cualquier momento su hermanito la podría necesitar, pero eso nunca sucedió. Por años me resigné a no tener más hijos y eso paralizó mi vida. Ahora acepto que somos tres y que nosotros tres en este momento estamos completos. Somos tres aquí en la tierra y eso es lo que los de afuera ven. ¡Somos una feliz familia de tres! Sin embargo, por algún pensamiento aprendido en algún lugar, por años me sentí menos, menos digna, menos útil, menos afortunada, menos mujer por no poder volver a concebir. Ahora sé el palo de mujer que soy y que no todas sobreviven a lo que yo sobreviví y se levantan para ayudar a otras. Ahora soy más flexible y me doy cuenta que la vida no está escrita en piedra, no hay una edad para casarse, no hay una edad para tener hijos, no hay nada establecido porque la vida nos sorprende cada día y hay que bailar la canción que nos toquen.

Bailo lo que me toquen: Me encanta bailar, no hay fiesta con música en la que me quede sentada sin bailar, simplemente eso no es parte de mi ADN, pero no se crean que solo bailo en las fiestas, bailo en la casa, bailo en el carro, bailo donde sea. Y ahora aprendí a bailar lo que me pongan, porque no siempre la canción es bonita, pero la próxima puede ser la que hayamos estado esperando. Practico la improvisación y que esto no suene a irresponsabilidad, pero la vida a veces te sale con canciones y ritmos que ni siquiera sabías que existían, no importa, improvisa y sé flexible. Creo que en medio de tanta vulnerabilidad que los seres humanos enfrentamos, la flexibilidad es una de las más poderosas herramientas. Para poder adaptarnos a los cambios tanto los buenos como los que no los son, necesitamos ser flexibles y descartar los pensamientos que en lugar de liberarnos nos esclavizan a ideas preconcebidas de normalidades que no existen. Tal vez tú no has perdido hijos, tal vez perdiste tu pareja, o aún no llega, tal vez ya no tienes junto a ti a algún ser querido, quizás por alguna razón perdiste tu salud o pienses que se te pasó la edad para cumplir algún sueño. Todas esas también son consideradas pérdidas y como tales necesitan su espacio de duelo y de herramientas como la adaptabilidad y flexibilidad.

Resignación o aceptación, ambas palabras tienen el poder para modificar tu comportamiento e incluso tu forma de vivir. Una te estanca y amarga y la otra te impulsa a seguir y te devuelve el dulce sabor de la vida.

Resignación o aceptación, ¿cuál vas a elegir?   

Por Kenia Salas

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