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Y nos vamos volviendo ariscos

Un empujoncito por aquí, una palabra mal intencionada, una mirada de desprecio, un apretón que te hace sentir incómodo, sospechar que estás siendo ignorado, o alzar la voz solo para hacer notar quién es el que manda. Todos estos son actos e indicios de violencia a los que algunas personas, por no decir todas, nos enfrentamos en algún momento de la vida. Estas acciones con frecuencia son justificadas detrás de un: “no fue mi intención hacerte daño”, sin embargo, por más justificaciones que te puedan dar es importante no las dejes pasar. Las consecuencias de estos actos irrespetuosos no son solo físicas sino también emocionales y están provocando que millones de personas en el mundo vivan sin alegría y conformándose solo con existir. Y así andamos por la vida, tratando de ignorar el grito de dolor que sale desde nuestro interior, para que nadie se de cuenta, para poder seguir haciendo las cosas como si nada hubiera pasado.  

Los golpes hacen moretones en el cuerpo, los gritos, las palabras ofensivas, el rechazo o el abandono nos destrozan el alma y como no vemos sangrando el alma asumimos que no pasa nada. Sin embargo, pasa de todo, desde adentro la tormenta no es que se oculta sino más bien es que se incuba. Se incuba y cuando nos damos cuenta el dolor se ha convertido en algo crónico, gigante y contagiante, nos ha ido apagando la esencia de lo que realmente somos y así un día nos vemos al espejo y no reconocemos nuestro reflejo. Asumimos una nueva identidad que se define por el daño que nos han hecho o por lo que nos ha tocado vivir. Es en ese momento cuando ya no somos quienes somos, sino que somos lo que sentimos y es cuando sanar nuestras heridas se convierte en emergencia. No podemos seguir posponiendo el tratamiento al dolor porque sino comenzará a ganarnos la partida. En lugar de vivir con alegría y esperanza del presente y de lo que viene, nos convertiremos en víctimas creyendo que nadie nos ama y es entonces como una reacción de protección que nos vamos volviendo ariscos. 

Aunque los seres humanos somos seres relacionales, muchas veces los maltratos y heridas sin sanar hacen que nuestra reacción natural de protección sea aislarnos. Levantamos muros imaginarios para no volver a entregar el corazón, para que nada ni nadie nos vuelva a causar ese inmenso dolor. Nos aislamos físicamente cuando ponemos excusas para no tener que ir a lugares donde haya mucha gente. Nos vamos desconectando emocionalmente, como si apagáramos el corazón para nunca volver a amar de tal manera que quedemos así de vulnerables. Nos da miedo exponer a otros nuestros sentimientos, las ideas o lo sueños porque en realidad ya no sabemos si es seguro confiar en alguien. Nos vamos volviendo ariscos, huraños, extraños y así nos escondemos de todo lo que nos parezca amenazante. Tratando de protegernos terminamos en una cueva encerrados pensando que allí nadie nos hará daño. Es como si regresáramos al más primitivo instinto de sobrevivencia escondiéndonos y alejándonos de todo a lo que no entendemos y que por eso le tenemos miedo. 

Volverse arisco no es asunto que nos pasa solo a los grandes, muchas veces nuestro aislamiento comienza desde temprano en la infancia. Es verdad que con los años estamos más expuestos a sufrir por las traiciones o desengaños, pero no podemos ignorar que en teoría el lugar más seguro para un niño debe ser su hogar. Con nuestros padres y familiares más cercanos es con quienes aprendemos a amar, a confiar y a dejar al descubierto lo que se oculta como un gran tesoro en nuestro interior. Tristemente si los grandes no saben amar, tampoco serán la mejor referencia para enseñar a los más pequeños el arte de relacionarnos saludablemente con otros. Eso es precisamente lo que nos está pasando, hay muchos adultos con heridas profundas sin ningún cuidado especial, tratando de fingir que no pasa nada mientras ellos mismos se convierten en armas letales para otros seres humanos. La famosa frase: “las personas heridas hieren”, es más que real, es actual y es la que está enfermando a la sociedad. 

Las personas heridas se aíslan, se van volviendo ariscas, hurañas y van perdiendo su deseo de socializar y entonces pierden toda capacidad de empatía, no saben lo que es ponerse en los zapatos del que tienen a la par y mucho menos hacer algo para colaborar. Las personas heridas son peligrosas porque no piensan en los demás, solo tratan de calmar su dolor a toda costa sin pensar en la destrucción que pueden estar causando a otro ser humano. Se excusan en lo difícil de su situación, pero no hacen nada para mejorarla y sanar su interior. No podemos seguir instalados en la posición de víctimas, porque eso de verdad no nos llevará a ningún buen lugar. Si eres de los que aún sin darte cuenta te volviste arisco, extraño, huraño, sal de tu caparazón y comienza a sanar tu corazón. Lo que pasó, ya pasó, pon límites claros y no permitas que ocurra más, pero por favor no le niegues la oportunidad a otros que te quieren de verdad, tanto ellos como tú necesitan conocer la mejor versión de ti. Perdona, perdona lo que te hicieron de niño, perdona lo que te han hecho en los últimos tiempos, pero ve con las manos libres para abrazar y tender una mano a quien te está necesitando. ¡No te aísles!

¡No te vuelvas huraño!, los que te quieren de verdad te necesitan sano, recuerda que la gente sana, sana. Esta es una invitación para que cueste lo que cueste te salgas del dolor, entonces ya no vuelvas a ver para atrás si esto te está aislando, mejor enfócate en sanarte para que puedas ser medicina para otros.

¡No te vuelvas arisco!

Por Kenia Salas

3 comentarios sobre “Y nos vamos volviendo ariscos”

  1. Hola. Pregunta sencilla, cómo le haces para poner negrita entre medio del texto?
    Y en sí qué procesador de texto utilizas, es de celular o escritorio?

    1. Hola Luis, yo utilizo una computadora portátil y la negrita la pongo marcando el texto y me voy a las herramientas que aparecen arriba a la derecha marcada con una «B» gordita. Espero que te sirva.

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