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¡Si Dios cree, yo también creo!

Una vez un monje franciscano me dijo: “cada vez que un niño nace en este mundo, es la forma que Dios tiene de decirnos que aún confía en nosotros” Bueno, algunos pesimistas podrán argumentar que los seres humanos somos egoístas y que esta es la razón por las que tantas cosas no están funcionando bien en este mundo. Cierto, hay personas que solo buscan su bienestar y hay personas que no les importa hacer el mal, pero, ¿qué hay de los que dejan todos los días un pedacito de sus vidas por cuidar a los demás? No voy a tapar el sol con un dedo, pero yo se que hay muchos allá afuera con un corazón sensible, con amor para compartir con los que están a su alrededor desde lo que ellos pueden hacer. Por eso me niego a creer que Dios se ha equivocado con nosotros los humanos. 

No creo que los egoístas sean los más, creo que nos hemos dejado intimidar por las voces negativas que tratan de atemorizarnos y de hacernos creer que los hombres y mujeres no podemos hacer lo bueno. No creo que sean tantos los que solo quieran destruir, creo que quizás no hemos tenido las fuerzas para levantar la voz y hacernos escuchar. O tal vez en algún momento no hemos sabido elegir y las voces de juicio alrededor nos han hecho creer que no es posible reivindicar y seguir. Yo de verdad creo que somos más los que desde nuestras trincheras tratamos de aprovechar cada oportunidad para ayudar a los demás. ¿Y no se han puesto a pensar, que tal vez esos que hoy pareciera no muestran ni una gota de solidaridad, es porque no tuvieron a alguien cerca que les mostrara que hay otra forma de actuar?

La humanidad completa está atravesando un tiempo difícil: un “bichito”, -como le digo yo-, en unas cuantas semanas ha puesto el mundo patas arriba, pero, ¿saben qué?, este es el tiempo de volver a poner los pies en la tierra, ser más humanos que nunca, reacomodar lo que no ha estado bien y sacar el amor que llevamos dentro. Hoy quiero escribir de algo que me ha estado preocupando más que el virus ese, hoy quiero dejar al descubierto un virus más peligroso y más letal que ese que hoy nos tiene a todos con dolor de cabeza. Hoy quiero dejar en evidencia la capacidad de matarnos unos a otros con palabras de juicio y odio. No es tiempo para dividir, es tiempo para que a pesar de la distancia estemos más unidos que nunca. No es tiempo para criticar o juzgar, no es tiempo para polarizar, los que son buenos porque no salieron de sus casas de los que según ellos mismos llaman “inconscientes egoístas” porque por alguna razón salieron.

Debemos ser precavidos, debemos acatar las recomendaciones o normas de las autoridades, de ser posible, si está a nuestro alcance no salir de la casa, para prevenir que ese virus nos contagie, pero no se vale, por ninguna razón se vale, que seamos nosotros mismos los que contagiemos a otros de ese virus que desprecia a los que por alguna razón no actuaron como ellos esperaban. El virus ese que está de moda, nos afecta físicamente, pero el virus del que yo les hablo, nos va carcomiendo mental y espiritualmente. No es mejor persona la que se queda en su casa, pero que desde su arrogancia usa sus dedos para asesinar con sus palabras a otros en sus redes sociales. Tan letal es ese virus, como ese otro del que todo el mundo habla. 

Si tienes la bendición de trabajar desde tu casa, aprovéchala y acata las órdenes de las autoridades, pero por favor no juzgues, ni critiques a aquellos que no tienen otra opción que salir a enfrentar la vida afuera. Los médicos y todas las personas que trabajan en el sector salud, son héroes porque se arriesgan por cuidar a los demás, quizás ellos sean los más visibles, honrados y admirados, pero no olvidemos al panadero, al farmacéutico, o al agricultor que todos los días necesita cuidar su tierra. Los que están limpiando las calles y recogiendo la basura para prevenir mayores problemas. Los policías, los bomberos, además de todos los trabajadores que se ganan el sustento día a día y no por quincena, pero que al igual que tú y que yo, también comen todos los días. No te dejes contagiar, hay muchos hombres y mujeres buenos en este mundo y no son solo los que llevan batas de doctor, algunos ni siquiera los vemos, pero no se vale que por eso los juzguemos.

Y yo se que no han dejado de nacer bebés a pesar del tiempo difícil por el que pasamos. Y es que Dios sigue colocando en nuestras manos pequeños seres humanos, porque Él sigue creyendo en nosotros y nos da la oportunidad todos los días de demostrar de verdad lo que llevamos dentro, tanto como sociedad y también de manera personal. ¡Lo estamos haciendo! Somos muchos, somos todos unidos por el bienestar general, eso sí, no se deje contagiar por ese virus que termina contaminando la mente y nos lleva a la autodestrucción, porque si atacas a tu prójimo con tus palabras, te atacas a ti mismo. No eres más ni menos que nadie, si una cosa a dejado claro el virus ese, es que todos somos iguales. No dividas, hoy puede ser otro quien cometa un error, pero quien sabe, quizás mañana seas vos. Une, se el puente que otros necesitan, porque juntos somos más fuertes, porque solo así desde nuestras fortalezas podremos salir de esto. ¡No juzgues!

Si Dios cree, yo creo, creo en que la humanidad es capaz de mostrar su amor a través de la medicina. Es maravilloso escuchar la música que personas talentosas pueden escribir e interpretar a través de sus voces, llevando alegría y esperanza a los que las escuchamos. Creo en el alivio que los textos de todos aquellos que proyectan su talento a través de la palabra escrita pueden llevar a tanta gente. Creo en el trabajo honrado y bueno de los que tratan de entretenernos en medio del aislamiento y mantenernos ocupados. Creo en los entrenadores que se las han ingeniado para seguir manteniéndonos activos físicamente a pesar del encierro. Creo en los que, con sus mensajes de esperanza, de manera virtual nos trasmiten paz y fe en medio de la tormenta. Creo en el amor con que muchos preparan el pan y alimento que llegan a nuestras mesas. Creo en el héroe que sale a las calles para transportar su mercadería para que en cada supermercado o farmacia estén bien abastecidos. Creo en todos los que siguen trabajando para que la mayoría vivan sin verse tan afectados. A todos ellos gracias, muchas gracias. Creo en el poder de Dios, creo que Él no se equivoca y creo que, si Dios cree en nosotros, ¿quién soy yo para dejar de creer en lo bueno que puede hacer la gente?

Creo en ti, creo en mí, creo en los otros, porque, ¡si Dios cree, yo también creo!

Por Kenia Salas

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